La noche del sábado estaba en pañales. Casi no había clientes sentados en las tradicionalmente demandadas mesas exteriores de la sandwichería ubicada en Marcos Paz y Muñecas. De guardia en la vereda, el mozo C.A. mataba el tiempo enviando un mensaje de texto cuando un vecino ("el arquitecto", lo llama respetuosamente) pasó a su lado y lo saludó con la cabeza. "Hola", se dijeron mutuamente. El profesional siguió su camino en sentido contrario al tránsito de la calle Marcos Paz y 10 o 15 segundos después pegó un grito que despabiló a la cuadra.

Instintivamente, C.A. tomó una silla de metal y la revoleó en dirección al motociclista que huía en contramano, con tal puntería que el mueble impactó en una de las ruedas del rodado. El conductor cayó justo antes de llegar a la calle Muñecas y, cuando quiso recuperarse, ya tenía al mozo encima suyo. Tras un breve forcejeo, C.A. logró sujetar al motoarrebatador, sacarle el teléfono celular que había robado un minuto antes y devolvérselo al afortunado arquitecto D.C., que, inmediatamente, discó el número de la Policía.

Pero los agentes tardaron 20 minutos en llegar. Plazo suficiente para que numerosos vecinos se amontonaran alrededor del camarero y del ladrón, y algunos solícitos propusiesen hacer justicia por mano propia. La golpiza no llegó al río porque C.A. no se movió ni un milímetro de la difícil posición en la que estaba: la misma serenidad que tuvo para lanzar la oportuna silla le permitió soportar la presión y proteger al motoarrebatador de un escarmiento de efectos imprevisibles.

"Fueron 20 minutos larguísimos. Ya sabés cómo es la gente: prefiere dar una paliza ahí, en el momento, a esperar que el Estado castigue a los delincuentes", explicó el mozo a LA GACETA. Y añadió: "algo de razón tiene. Hay mucha impotencia en la calle". El había decidido que la próxima vez iba a actuar. "Vemos muchos robos, algunos muy violentos. Hace dos semanas atacaron a una mujer embarazada. Los delincuentes se aprovechan de la pasividad de la gente, que los ve operar y no hace nada", dice C.A., de 25 años, mientras apunta los pedidos, y sirve sándwiches y cervezas.

El muchacho prosigue con sus tareas como si nada hubiese ocurrido. "Estoy contento por haber recuperado lo que para el arquitecto estaba perdido, pero también asustado. Te pido que no reveles mi nombre ni el del bar; mirá si mañana vienen a buscarnos", ruega evidentemente incómodo con su fama recién ganada.

El héroe de la noche tampoco quiere fotos. "Mi papá nos enseñó a mí y a mis cuatro hermanos que hay que involucrarse. Si la sociedad se une habría menos inseguridad", opinó el gastronómico. Luego aseguró que la Policía no puede resolver el problema. "Apenas patrullan por aquí", afirma, molesto.